LAS VENTEADORAS DE ARROZ

Published on: 25 abril, 2017

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LAS VENTEADORAS DE ARROZ: UN OFICIO EN VÍA DE EXTINCIÓN

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Fotografía de Julio Florez – El Retén, Magdalena, Colombia.

 

Las cinco mujeres están de pie sobre un rectángulo de cemento, ubicado a un costado de la entrada de El Retén. Algunas llevan atuendos de uso diario adecuados para la ocasión: faldas lar- gas y buzos de franela; otras guardan una apariencia masculina, vestidas con pantalones y camisas holgadas que las protegen del polvillo irritante que se desprende de las semillas del arroz. Todas llevan pañole- tas amarradas a la cabeza para protgerse del sol inclemente que azota al pueblo al mediodía. Los movimientos de las mujeres son siempre los mismos. Se agachan a llenar sus canastos de paja (o balays) con puñados de semillas de arroz y luego y los inclinan en lo alto para que el viento, procedente de un enorme ventilador eléctrico, retire las impurezas. Parecieran las bailarinas de una danza ritual, con pasos marcados por el rumor acompasado del arroz al resbalar al suelo en una refulgente cascada. Silenciosa consagración a un ritual de fertilidad en el que la simiente es preparada cuidadosamente para inseminar el útero de la tierra. El resultado: un campo atiborrado de espigas que, más tarde, convertidas en diminutas perlas, se amontonarán ante el plato de un comensal.

Se trata de uno de los últimos grupos de venteadoras de arroz de El Retén, Magdalena. Antes, cuando el pueblo era uno de los mayores productores del cereal de los alrededores, había cuadrillas enteras de mujeres dedica- das a ese trabajo. Podía vérseles por aquí y por allá, levantando el balay en lo alto. Pero las cosas han cambiado con el tiempo. Por una parte, los cul- tivos de arroz han sido reemplazados por los de palma africana, que resul- tan mucho más provechosos para los agricultores de la zona.

Además de eso, explica Juan Rodríguez, uno de los campesinos locales que se ganan la vida cultivando arroz, el gobierno ha propiciado una competencia injusta con los precios de los arroces que vienen de países como Venezuela y Ecuador, mucho más barato que el producido en Co- lombia. Y si a eso se le añaden las duras condiciones climáticas de los últimos tiempos, el cielo de sus expectativas se oscurece aún más.

Por otro lado, explican las mismas mujeres, no existe el menor interés de parte de sus hijas y nietas de consa- grarse a una labor como la suya, cuando hay oportuni- dades de superación profesional que no se daban para la época en las que ellas dieron sus primeros pasos en el oficio. Por eso, aseguran las mujeres, es muy prob- able que nos encontremos ante la última generación de venteadoras de arroz. Que canciones como “La pilonera” y “A pila el arroz”, alusivas también al procesamiento del cereal con métodos artesanales, carezcan de todo sentido para los adolescentes del 2040.

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Cultivos de arroz, el Retén, Magdalena, Colombia.

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Atardecer en Cultivos de arroz, El Retén, Magdalena, Colombia.

A pesar de sus 70 años, Norma Arias es una mujer dura. Piel de melaza, menuda, de voz pausada, es a ella a quienes las demás reconocen como líder. Ese papel lo desempeñaba antes la “negra” Cabarca, pero el año pasado les dijo a sus compañeras de labores: “Ha sido un gran placer trabajar con ustedes, pero creo que hasta aquí ha llegado mi camino”. Y poco tiempo después falleció. Y fue como si su cuerpo también se hubiera convertido en una semilla. Limpio de impure- zas, convertido en una espiga, volvía de esa manera al vientre de la tierra.

—Aquí todas ganamos por igual —dice Norma secándose la frente con el envés de la blusa—. Lo que pasa es que el molino, para legalizar el pago, necesita a una persona que represente a las demás, y mis compa- ñeras me escogieron a mí.
Norma nació en Guacamayal, pero vive en El Retén desde los 15 años. Todavía recuerda cómo ocurrió todo. Su madrina no tenía hijos y le dijo a su mamá que la

dejara irse a vivir con ella. Desde entonces vive en el pueblo.

—Uno no es de dónde nace, sino donde se hace –dice Norma al tiempo que prosigue venteando el balay, ca- nasto fabricado con bejuco de cata-bre, traído desde San Benito Abad.

Aquí en El Retén Norma con- siguió esposo, y fue madre de 5 mu- jeres y dos hombres. Aquí dio, bajo la dirección de su suegra, sus primeros pasos con el balay. Pero a ninguna de sus nietas le llama la atención seguir su ejemplo: “Hombe, abuela, cuándo va a dejar usted de estar venteando arroz; porque no se queda mejor aquí en la casa viéndose una novela. Qué pereza salir con este sol que está haciendo a mover ese canasto. ¿Yo salir a espulgar semillas? ¡Ni de fundas!”. Pero ni a Norma ni a sus compañeras se les ha pasado por la cabeza la idea de cambiar el oficio. Por cada saco libre de impurezas, cada mujer recibe $6000, y en cada sesión de trabajo pueden llegar a limpiar entre 10 y 20 sacos cada una. Nada mal, si se compara ese monto con los $20.000 o $30.000 que pueden ganar sus esposos por un día entero de jornal en el campo.

En silencio, las cinco mujeres siguen repitiendo los mismos movimientos una y otra vez, mientras el sol arroja una vaharada caliente sobre el pueblo que los árboles cercanos apenas sí alcanzan a mitigar. La brisa artificial del abanico arrastra el mugre a un costado y las semillas impolutas van cayendo ante los pies de las traba- jadoras, como si se tratara de esa parábola bíblica en la que el grano bueno se separa del malo para evitar la perdición de la cosecha entera. Na- die las menciona, pocos saben que están allí, pero poco les importa a las venteadoras del retén, las últimas representantes, quizá, de un oficio próximo a desaparecer.

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Fotografía de Julio Florez, Venteadoras, El Retén, Magdalena, Colombia.

por Alfredo Baldovino

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